¿Dónde estaríamos ahora sin la lucha sindical?

Un debate que exigen las nuevas condiciones de trabajo

¿Dónde estaríamos ahora sin la lucha sindical? ¿Cuales serían las condiciones de trabajo sin la presencia de sindicalistas en las empresas? Para algunos visionarios, hoy la Argentina está más cerca de Singapur que de Suecia. Y en éste escenario, la fuerza de trabajo debe quedar asfixiada y no debe estar sindicalizada. Los sindicatos soportan, como el conjunto de los ciudadanos en Argengina, la agresión frontal del capitalismo, empeñado en desmantelar toda forma de resistencia de las clases populares, y entre esas formas, muy especialmente la resistencia de los sindicatos. La agresión del capitalismo neoliberal contra el sindicalismo ha contribuido de gran forma a construir la mala imagen de los sindicatos que finalmente se instaló en la sociedad, sin embargo no es menos cierto el alto grado de corrupción de “los mismos de siempre”. Para el actual gobierno, los sindicatos constituyen el principal obstáculo frente al desarrollo de las políticas en curso, pero también es cierto que en todo caso, la persecusión debiera ser contra los sindicalistas corruptos y no contra el sindicalismo; sin olvidar que el fondo de la cuestión es aniquilar la fuerza de trabajo, las afiliaciones y alejar a los jóvenes de los sindicatos, para desarbolar el modelo social de equidad que se vivió durante el Kirchnerismo y es en éste contexto donde se sitúa la represión policial y judicial contra los sindicalistas por parte del Gobierno, que ha recurrido sin dudarlo a métodos que difícilmente se compadecen con el sistema democrático. Vemos a diario un brutal y sistemático ataque contra los sindicatos más representativos y mayoritarios, con participación de empresarios, policía, jueces y fiscales y poderosos medios de comunicación. No faltan opiniones en ese sentido que subrayan la falta de honestidad de algunos comportamientos sindicales; esa suerte de sindicato “gestoría” que también despide a sus trabajadores como cualquier otra empresa. El empleo ya no es mecanismo de integración, es sinónimo de precariedad y pobreza. Y es por ello que la lucha quizá no pase por defender el empleo, sino por defender la vida, la dignidad no del empleo, sino de nuestro "día a día” Si bien no hay respuestas fáciles en este momento gramsciano, muchos se atreven a pensar que debe emerger una nueva forma de organización sindical, porque en la medida en que mutan los poderes empresariales mutarán también las formas de resistencia frente a ello y no se debe esperar mucho. En el debate sobre el “sindicalismo de hoy o para hoy” se entrecruzan al menos tres planos, que debemos tener presente y diferenciar al mismo tiempo. El primero y más estructural se refiere a la “crisis” de transformación del sindicalismo, las reelecciones indefinidas y la complicidad de muchos que durante años son los mismos, y no quieren perder poder y negocios. El segundo, algo más coyuntural, se refiere a las dificultades y algunas formas de impotencia, para responder a los efectos de esta crisis, a las necesidades, y a las exigencias de los trabajadores. Y el tercero a nuestro modo de ver, el más importante, hace referencia a la incidencia que en el debate social tiene la ofensiva que los poderes económicos y sus representantes políticos han lanzado para derribar o debilitar cualquier contrapoder social, aprovechando la oportunidad que les brinda el momento y el gobierno argentino. Entre los medios utilizados, además del debilitamiento institucional y legal, nos encontramos con la destrucción interesada de la legitimidad social del sindicalismo y de su reputación pública. [b]Destruir las formas colectivas de organización y su capacidad de actuar como contrapesos sociales es una de las claves para imponer la hegemonía económica, política y sobre todo ideológica del capitalismo financiero.[/b] Aquí comienzan a surgir interrogantes, ¿Debe el sindicalismo asumir las funciones de representación política del conflicto social? Desde su nacimiento el sindicalismo se legitima a partir de los trabajadores y a través de dos mecanismos, el de la afiliación y el de la representatividad, algo que promete éste gobierno aniquilar con la excusa de atraer inversiones al país. La inflación, el rumbo económico, el señalamiento internacional por la alta corrupción del gobierno y las cuentas off shore, sumado al papelón de tener que dejar en libertad por falta de pruebas al ex videpresidente del pais, son los causantes, no sólo de la falta de credibilidad en el país y las inversiones, sino por la falta de legalidad y de independencia judicial, dos bastiones que atesora este gobierno de Macri. Lo cierto es que la alarmante precariedad laboral, las reformas del estado que aumentan las asimetrías y las desigualdades sociales, las decretadas reformas del estado sin intervención del Congreso, las formas de dominación, control social y político a través de decretos de necesidad y urgencia, la escasa gobernabilidad y una creciente desligitimación de la independencia de los poderes en la Argentina, no da garantías y aleja inversiones. La distancia que está tomando del poder político el capital financiero y los grupos económicos no alcanzados con beneficios, son datos que comienzan a mostrar la misma debilidad que hizo de otros gobiernos las huidas anticipadas. Por todo ésto, la comunicación resulta determinante para dotar al sindicalismo de formas organizativas nuevas en un tejido productivo desvertebrado y un sujeto social no cohesionado para reforzar la propia legitimidad social ante el avance de toda política neoliberal y jugar al juego fundamental de contrapeso o contrapoder social, porque la manipulación hasta la asfixia social es la meta. Para la muerte del entramado social desesperanzado y con temor, hace falta matar también al sindicalismo. Una metáfora para la que prometemos dar debate en próximas notas.
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