Editorial | Indiferencia que duele

Por Belén Gorvalán.

En medio de esta incesante lluvia de otoño, que parece no terminar jamás, estamos afrontando situaciones muy complejas en nuestra ciudad. No se trata de la cantidad de agua caída, no se trata de las calles que se han convertido por momentos en ríos, ni siquiera del nuevo parque que parecía el tan aclamado balneario municipal que necesita la gente. El principal problema que tenemos es la indiferencia. Usamos la palabra electrónica para opinar de absolutamente todo, denunciamos por redes sociales que se nos inundó la calle, que se nos perdió la patente, que esto lo genera la soja, la deforestación o las pulgas de las ovejas. Tpdas las opiniones quizás sean válidas, pero son opiniones fáciles. De toda esa gente que opina, pocas son las que se solidarizan realmente, hay un egoísmo reinante que hace que no nos importe de verdad, con compromiso, ni siquiera lo que le pasa al vecino de al lado. Esta virtualidad hace que nuestra solidaridad sea igual, creemos que con poner "puntitos" en un comentario estamos cambiando al mundo, y quizás sí, pero al mundo virtual. La vida tangible está afuera, en los hechos, esa palabra que tanto gusta...la del slogan. Y los hechos no son virtuales, no son puntitos en un comentario, es preocuparse de verdad por lo que le pasa al otro, y en lo posible ocuparse. Obviamente, y por suerte, hay gente que sale del molde virtual, y se ocupa de ayudar al prójimo juntando ropa, haciendo un guiso o yendo a ayudar a las zonas inundadas. Es una ciudad grande ya, con mucho desarrollo, abundante de camionetas onerosas, y siempre pedimos más a los gobiernos que lo que nosotros mismos estamos dispuestos a hacer. Es una ciudad con falencias, sin Defensa Civil, cargando responsabilidades y tareas en las fuerzas de seguridad, como si estos tuvieran la absoluta responsabilidad de todo en una crisis. Se arma un Comité de crisis siempre desde la reactividad. Quizás sea momento de pensar proactivamente. Somos una sociedad capaz de juntar recursos para cosas lúdicas (que también son importantes), pero no nos podemos organizar para conseguir una retroexcavadora para canalizar un barrio y lograr que no se inunde. Criticamos tanto al prójimo que ya casi no nos importa... ¡Eso sí! Donamos 5 dolares a Greenpeace para que salven al lémur de cola anillada. A esa donación le sumamos los puntitos que comentamos en las redes sociales y nos creemos enviados de la Madre Teresa. Quizás sea momento de mirar a nuestros vecinos, tratar de ayudar de verdad y exigir a nuestros gobernantes que existan los organismos civiles y estén preparados proactivamente para las crisis, y no que sean solo comités de emergencia.
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