Opinión | Un virus que tiene vacuna

La pandemia que azota al mundo desnuda como pocas veces antes, no solamente las falacias del neoliberalismo sino que además, la crisis sanitaria y nos sumerge a lo profundo de nuestras miserias humanas y el periodismo no esta exento.

En medio de una psicosis colectiva por la pandemia del coronavirus, no parece oportuno abordar el tema desde una perspectiva que nos permita analizar los alcances y las profundidades de los efectos perniciosos que provoca el virus. Sin embargo, así como los científicos están trabajando contra reloj para encontrar una vacuna en medio de la crisis sanitaria, nos parece necesario y oportuno mirar con un poco más de detenimiento la conducta social y profesional que estamos manifestando frente a un caso inesperado y sorpresivo, porque tal vez revele un patrón de conducta que es necesario revisar a futuro. Es forzoso admitir que la primera reflexión debería girar en torno a las posibilidades que tenemos de enfrentar esta crisis con un Estado ausente. Esa falacia discursiva a la que hemos estado asistiendo en los últimos tiempos con esta nueva versión del capitalismo denominada neoliberalismo se da bruces en estos casos. Basta pensar que pasaría si desde el Estado no se asistiera a la población con las medidas que se están anunciando para los distintos sectores. ¿Podría el neoliberalismo tomar medidas que propendan a enfrentar con relativo éxito esta pandemia? El Presidente de Francia, Emmanuel Macron, conspicuo cultor de esa corriente económica sostuvo que frente a esta pandemia “[i]deberíamos preguntarnos si no ha llegado el momento de pensar que hay algunos sectores que deben quedar fuera del mercado, como la salud[/i]”, dijo. Este interrogante que se plantea el Presidente de una de las potencias del mundo fue respondido hace más de un siglo atrás. Pero el coronavirus también desnuda otras debilidades que merecen nuestra atención. Este “[i]enemigo silencioso[/i]”, como lo calificó el presidente Alberto Fernández que se extiende como reguero de pólvora por todo el planeta, no es el único virus con el que debemos luchar. Hay otro que recorre las redacciones de los portales de noticias y los medios de comunicación en general que es mucho más visible, cuyo período de incubación es más lento pero igualmente contagioso y que también provoca daños irreparables. Iluminados por el principio “[i]el periodismo es sinónimo de impunidad[/i]”, publican informaciones sin las más elementales normas que deberían regir este oficio. Publican fotografías de personas, incluso de menores de edad, a las que se las califica o mejor dicho se las descalifican, afectando el buen nombre y honor, la reputación de personas privadas y las someten a un escarnio público y social, sin que ello amerite la más mínima autocrítica. A esta altura no podemos sino preguntarnos si lo hacen ex profeso o por ignorancia. En cualquier caso, es una conducta profesional reprochable desde todo punto de vista, que invitamos modestamente a mejorar en el futuro. El ordenamiento jurídico argentino pone a disposición de todos aquellos que sientan mancillados sus nombres o reputación, sobre todo cuando son personas privadas las afectadas, una batería de normas jurídicas desde la Constitución hasta las creaciones jurisprudenciales internacionales y nacionales, para que puedan reparar el daño. Por suerte para los profesionales de la comunicación este virus que afecta a muchos tiene varias vacunas disponibles y se llaman: Responsabilidad, ética, y sobre todo capacitación.
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