Juan Carlos: la historia de un jubilado que tuvo que dejar todo y quedó en la calle

"A la gente sólo la ayuda la gente".

[b]Juan Carlos[/b] llegó a San Nicolás este jueves 4 de julio, alrededor de las cinco de la tarde, desde Buenos Aires, donde su jubilación ya no le era suficiente para sobrevivir. Dejó el departamento que alquilaba, subió a un micro y se vino a "[b][i]La Casita de Don Orione[/i][/b]". Hoy, a sus 77 años de edad, está en situación de calle. Es jueves 4 de julio y los días más fríos del año comienzan a sentirse, y fuerte, en [b]San Nicolás[/b]. La ola polar avanza casi de la mano de la ausencia del Estado: a pasos agigantados. Mientras algunos subimos la estufa al máximo, [b]un joven de 17 años fallece de neumonía en el hospital de la ciudad[/b] a causa del frío y de la “[i]vista gorda[/i]” de las autoridades. Mientras algunos pensamos en el plato de comida que espera caliente en casa, un jubilado se ve obligado a abandonar su hogar en San Justo, Buenos Aires, porque no puede sostener sus condiciones mínimas de vida y se sube a un micro con destino a “[b][i]La Casita de Don Orione[/i][/b]”. “[i]Un día, hace unos meses, estaba mirando televisión y vi que le hacían una nota al [b]Padre Matías[/b] sobre esta casita. Anoté todos los datos y guardé el papelito[/i]”, cuenta Juan Carlos, entre lágrimas de tristeza y la tranquilidad de haber estado frente al televisor en aquel momento. Algo adentro le decía que ese “[i]papelito[/i]” podía ser muy importante en el futuro. [img]http://www.radionoba.com.ar/uploads/posts/15623502891299044321.png[/img] Y así fue. Llegó un punto límite. Llegó el momento, luego de meses de buscar soluciones y semanas de meditarlo, en el que pagar las tarifas y el alquiler fue superior a su jubilación mínima. El día en que había que elegir si [b]comer, o pagar la luz[/b]. Llegó el día en que dejó su departamento, sus pertenencias, lo que le queda de familia, y tomó quizás [b]la decisión más dolorosa de su vida[/b]: dejó décadas de momentos y recuerdos para subirse a un colectivo con un pequeño bolso, en el cual solo puso algunas mudas de ropa, una frazada por si la noche lo encuentra durmiendo en la calle y el valioso “[i]papelito[/i]”. El destino fue San Nicolás y, específicamente, la “[i]Casita de Don Orione[/i]”. ¿Conocidos aquí? ¿Familia? Absolutamente nada. Solamente él, su bolso y la ilusión de encontrar refugio en esta “[i]Casita[/i]”. Se bajó en el parador, pidió auxilio a una empleada de allí y esta le recomendó un taxi que lo llevaría a la dirección que buscaba. Eran las cinco de la tarde, pero “[i]La Casita de Don Orione[/i]” abría sus puertas a las 19:30. Entró a un bar, pidió un café e hizo tiempo. Mientras tanto, sentado con su soledad, pensó en lo que había dejado atrás e intentó imaginar lo que vendría. Era imposible. Él sabía que si lo recibían en Don Orione, al otro día a las 8 de la mañana estaría nuevamente en la calle, porque esa es la política del lugar. El pronóstico del tiempo indicaba una [b]temperatura inferior a los 0 grados[/b] para esa hora del viernes. Es [b]jueves 4 de julio[/b] y el reloj marca las 20 horas. Mientras peluqueros profesionales del proyecto denominado “[i][b]Un corte para una sonrisa[/b][/i]” cortan el pelo de manera gratuita dentro de “[i]La Casita de Don Orione[/i]”, a quienes duermen ahí, Juan Carlos toca el timbre del lugar. Adentro, son 21 personas las que pasarían la noche más fría del año allí y esperan su turno para cortarse el pelo. El oriundo de San Justo, donde pasó gran parte de su vida, fue recibido por Abel, el encargado, y fue admitido para pasar la noche. Esa noche y las que necesite. Don Orione es la casa de los que no tienen techo, la ducha caliente después del día frío “[i]juntando el mango[/i]”, el mate dulce, bien dulce, para recuperar energías porque al otro día hay que volver a patear la calle, y la cena que espera caliente, hecha con manos llenas de amor al prójimo. Es el colchón, mucho más cómodo que el pedazo de cartón tirado en alguna vereda de la ciudad, y es la frazada, que calienta más que el nylon o las bolsas que se rescatan de algún tacho de basura céntrico. El primer paso estaba bien dado. Juan Carlos ingresa al comedor donde están todos, rengueando con su bastón que refleja la grave dificultad de movilidad que tiene hace tres años debido a un problema que afectó a su pierna derecha, y se sienta en una punta de la larga mesa. Tímidamente suelta un: “[i]Hola, soy Juan Carlos[/i]”, y comienza la charla con sus [b]compañeros de hogar[/b]. Le ofrecen un té pero pide un mate cocido, que es la infusión caliente que más le gusta, y suspira... La noche más fría del año lo iba a encontrar seguro y bajo techo. Al otro día a las 8 de la mañana, luego de brindarles un buen desayuno caliente, “[i]La Casita de Don Orione[/i]” cierra sus puertas e invita a aquellos a quienes cobija a salir a la calle a ganarse la vida: “[i]No fomentamos la vagancia, ni tenemos un aguantadero, como han dicho algunas veces. Ayudamos a la gente a que pueda hacer pie en la sociedad y arrancar[/i]”, contó alguna vez el [b]Padre Matías[/b], fundador de este espacio. Sin saber que sería de su futuro más próximo, conociendo la posibilidad de tener que pasar horas y horas en la calle en los días más fríos del año, Juan Carlos pasó la noche descansando bajo techo y con calefacción. Es consciente de que, a sus 77 años de edad y con limitada movilidad, [b]quizás deba pasar 12 horas en la calle[/b] hasta que las puertas de Lamadrid 26 vuelvan a abrirse a las 19:30 horas, de este frío viernes 5 de julio. Lo más sorprendente de Juan Carlos es que no está enojado. Fácilmente se puede observar que está triste, afligido, angustiado y, lo peor de todo, es que [b]está solo[/b]. Pero no enojado con la vida. Sentarse a dialogar con Juan Carlos es sinónimo de minutos hermosos, únicos e inigualables, llenos de vida y que invitan a replantearse absolutamente todo. Que su historia de vida aparezca en la ciudad el mismo día que el frío, la desidia y la [b]ausencia del Estado[/b] se llevan la vida de un adolescente de 17 años, invitan a enojarse y dejar de creer para siempre en el “Estado” y en la [b]política[/b]. Fundamentalmente en este año, donde una campaña vale más que la vida de miles de vecinos. Pero algo cambia al saber que ese mismo día un grupo de jóvenes se puso al hombro un "[b][i]perchero solidario[/i][/b]" para ayudar a los más necesitados, que otro grupo de adolescentes recorre los barrios [b]buscando frazadas y ropa de abrigo[/b] para repartirlo entre la gente en situación de calle, y saber que otros organizan en las próximas horas [b]hacer viandas[/b] y también llevarlas a quienes duermen en la calle. Dan la muestra de que no todo está perdido. Dan la muestra de que, como dice la canción, “[i][b]a la gente solo la ayuda la gente[/b][/i]”… y en San Nicolás hay mucha gente solidaria. Mientras tanto, peluqueros solidarios siguen recorriendo barrios y merenderos de las zonas más necesitadas de la ciudad, para cortarle el pelo a quienes no pueden pagar por ello. Al igual que “[i]La Casita de Don Orione[/i]”, que sigue abriendo sus puertas para que quienes no tienen techo, ducha, comida y una cama, tengan cobijo. A su vez, en algún punto de una ciudad desconocida para él, en soledad, Juan Carlos busca un hogar, un asilo, un geriátrico donde pasar sus días, porque su jubilación no le permite pagar las tarifas y vivir dignamente. [b][u][i]La entrevista completa con Juan Carlos y su historia:[/i][/u][/b] [url]http://cort.as/-KqRf[/url]
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