Otro 25 de septiembre. Un ranchito "clinas ruanas"

Por Luis Simonetti.

Un nuevo 25 de Septiembre se acerca y las calles de la Ciudad se encuentran atiborradas de gente, mercaderes, puestos de venta, de comidas, transportes de variadas dimensiones y destinos de origen. La impaciencia de los “locales” se suma a la ciudad en obra que, ya de por sí, es otro motivo de locura generalizada para todos. Todo gira alrededor de un punto en común: la Fé. Ese pequeño grano de mostaza que tantas veces nos falta para poder entender que allí radica el verdadero cambio. Gente de todos los estratos sociales se mezclan con un solo objetivo. La Fiesta de nuestra Madre y de todos... Agradecer, pedir, satisfacer curiosidad por un fenómeno poco entendible para quienes solo son observadores temporales. Y ese espectro tan variado y tan "[i]sui géneris[/i]" de gente, me hicieron acordar a un cuento que me contaba mi abuela cuando , de niño intentaba hacerme dormir y que creo se adapta perfectamente a la situación y a la Fiesta Mariana que nos bendice cada día, y a la cual deberíamos prestarle mayor atención. Decía algo así como que una pobre mujer vivía en un ranchito humilde de las afueras del pueblo con su nieta, que estaba muy enferma. Vivía del lavado de la ropa de algunas familias en mejor posición y eso le permitía hacer alguna comida para los caminantes o changarines golondrinas que a veces pasaban por el pueblo en busca de algún trabajo. Claro que no disponía del suficiente dinero para llevar a su nieta al médico y viendo que a pesar de sus muchos cuidados, la niña empeoraba cada día. Con mucho dolor en el corazón, decidió dejarla sola e ir a pie hasta el pueblo más próximo en busca de ayuda. En el único hospital público de la región, le dijeron que los médicos no podían trasladarse hasta su casa, que ella tenía que traer a la niña para ser examinada. Ya casi de nochecita y desesperada por saber que su nieta no conseguiría siquiera levantarse de la cama decidió emprender el regreso, pero al pasar por la pequeña capilla del Pueblo, decidió entrar. Algunas señoras estaban arrodilladas, rezando el rosario. Ella eligió un costado, frente a una imágen de la Virgen y también se arrodilló. Escuchó las oraciones de aquellas mujeres y cuando tuvo oportunidad también alzó su voz, y dijo: "[i]Hola Madre, soy yo, María, la lavandera del pueblo vecino. Fíjese señora, que mi nieta está muy enferma. Yo quisiera que usted intermediase con su hijo para que fuese allá a curarla. Por favor, anote la dirección[/i]”. Las señoras se sorprendieron con esa oración y continuaron escuchando: "[i]Es muy fácil, solamente es seguir el camino donde termina el pueblo y al llegar al arroyo, verá un ranchito clinas ruanas... Es sencillito, con una luz que brilla por las noches para que los caminantes encuentren algo caliente y donde refugiarse de las tormentas[/i]”. Las otras señoras, que estaban pendientes de la oración se esforzaban para no reír. Ella continuó: "[i]Madre, la puerta está cerrada, pero la llave está guardada siempre en el macetón de barro al lado de la entrada. Por favor, yo se que usted, como Madre me va a entender. Pídale a su hijo que cure a mi nietecita. Gracias[/i]”. Y cuando todas pensaron que ya había acabado ella agregó: "[i]¡Ah! Perdón Madre, por favor, no se olvide de decirle a Jesús que vuelva a dejar la llave dentro del macetón de barro, sino yo no voy a poder entrar a la casa. ¡Muchas, muchas gracias[/i]!”. Después que Doña María se fue, las demás señoras soltaron la carcajada y se quedaron comentando lo triste que es ver que las personas no saben ni orar. Cuando doña María llegó a su casa no se pudo contener de tanta alegría al ver a la niña levantada y esperándola con un plato de caldo caliente: "[i]¿Ya estás de pie?[/i]”. Y la niña, mirándola cariñosamente le contestó: "[i]Un médico y una hermosa enfermera estuvieron aquí abuelita. Me dieron un beso en la frente y dijeron que iba a mejorar. ¡Él, era tan hermoso abue! Su ropa era tan blanca que parecía hasta que brillaba, y ella tenía toda la hermosura y la bondad de esa mamá con la que sueño cada día. ¡Ah!, y él te mandó decir, que fue fácil encontrar nuestro rancho, que iba a dejar la llave dentro del macetón de barro como tu se lo pediste[/i]”. Una anécdota irreal para los agnósticos. O para los fríos de pecho. Pero muy creíble y real para quienes saben de que hablamos. Para esos miles de humildes peregrinos que, sin saber orar, tienen esa relación inquebrantable con la Madre y con Dios. Esos que vienen a agradecer en silencio y con mucho esfuerzo, tantas bendiciones recibidas. Paciencia. Pese a lo incómodo y lo tedioso que parece y aunque aún no dimensionemos lo que sucede alrededor, estamos bendecidos. [i]¡¡Felíz día y buen regreso a quienes nos visitan!![/i]
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