¿Hay cielo pa´ los caballos? La historia de "chupete"

Por Luis Simonetti.

Tal vez sea cierto nomas que para los animales Dios tiene un pedacito de Cielo. Y a veces los envía a que nos guíen, quien sabe. Cuando uno de chico ha mamado el espíritu de la pampa al ponerse mas viejo siente cuando algo sucede alrededor aunque no haya nada ni nadie. Sobre todo si eso que “sucede” tiene la misma sintonía, o proviene de seres vivos nobles que han estado en esos mismos lugares. Nunca me detuve a preguntarme el porqué. Simplemente he tratado de dejarme llevar y disfrutar de ese momento de paz y hasta agradable compañía. En oportunidad en que un ex Camarada de Armas me invitase a visitar su Escuadrón donde tiene asiento la Fanfarria Alto Perú (una de las pocas bandas militares montadas del mundo), viví una historia que merece ser compartida. Todo es protocolo dentro de las instalaciones. Todo es detalle, armonía, disciplina. La música se escucha por los rincones. Cuando uno camina por los diferentes lugares, escucha sones musicales, marchas inconclusas, acordes disonantes y en los fondos, en las caballerizas, los protagonistas principales toman sus raciones, sus baños, sus cuidados. Los nobles caballos que durante algunos años de preparación y posterior servicio cumplen con su “servicio militar”. Recorriendo las cuadras ese sentimiento se hace cada vez mas fuerte. Recuerdo que un cosquilleo me recorrió la espalda provocandome una sensación rara inquietante tal vez pero agradable al mismo tiempo. En la última caballeriza, la del Escuadrón “Chacabuco” se abrió la puerta detrás de mí de manera brusca, abrupta, sin que nadie estuviese del otro lado. Ante mi asombro, un balde vacío y una pequeña ración esperaban allí. Un viejo suboficial percatándose del hecho, se sonrió y agachando la cabeza para que no viese la tristeza en sus ojos dejó caer una frase que aún hoy suena en mis oídos: "Pareciera que Chupete quiere que usted le dé su ración”. [u][b]Y así conocí la historia de “Chupete”:[/b][/u] Nació por el año 1952. Un hermoso ejemplar de la raza Orloff (el último que hubo de esa raza en el escuadrón) y que prestó servicios en la banda militar por mas de 30 años. Tales fueron las condiciones de este ejemplar equino que cuando hubo que desprenderse de el por tantos años de servicio todo el personal peticionó ante su Jefe para que no se lo sacrificase. Así fue que mediante una orden interna de la Unidad se dispuso que “Chupete”, tal su nombre, pase a retiro con el grado de Suboficial Principal y que pueda deambular libremente y a voluntad por el Cuartel haciéndose responsables todos los integrantes de la Unidad de su bienestar y si el animal en su licencia elegía otro box para descansar que no le perteneciera, no debía ser molestado. Cuenta la historia que cuando mansamente se distendía en los márgenes de la caballeriza y oía a lo lejos las prácticas de acordes de la Fanfarria montada, ladeaba las orejas y en forma rauda e intempestiva se dirigía a reunirse con la comitiva tomando su lugar de tamborilero (sin jinete) en la formación. Ese lugar que durante más de 30 años había ocupado en las prácticas y desfiles y cuanto acto requería de la Fanfarria. Claro está que nadie se lo impedía, salvo cuando la formación salía del Cuartel hacia alguna formación protocolar. Entonces, se lo amarraba con un cinto colocado en el cuello y "Chupete", sin entender el porqué lo dejaban de lado, veía partir la comitiva sin el, quedándose con las ganas. Chupete ya no podía por su “vejez” acompañar a la fanfarria en sus actos y desfiles. No era fácil aceptar que un caballo con treinta años de servicio ya lo había dado todo y era evidente la torpeza motriz de intenso y acumulado servicio como integrante de la Fanfarria Militar “Alto Perú” del Regimiento de Granaderos; y que de no mediar la intervención de la naturaleza y de los cuadros, hubiera sido víctima del inexorable descarte en algún matadero. Me contaron en esa visita que en la última etapa de su vida del año 1992 se desplomaba de cinco a seis veces al día y los soldados solidarios con el camarada lo ayudaban con arneses a reincorporarse. Fue en Abril de ese año cuando cayó circunstancialmente en el jardín histórico del cuartel. Sus lánguidos ojos y rodillas vencidas indicaban que ya no iba a levantarse. El crepúsculo había ganado el día y el poncho estrellado iba corriéndose lentamente hacia su ocaso. La Jefatura con dolor y a poco de conmemorarse el “Día de la Caballería” ordenó allí darle sepultura. El Suboficial Mayor Oropesa que lo montó todos esos años fue mudo testigo de esta despedida. Su camarada había partido. Nadie pudo pronunciar palabra alguna, sólo había nudos en las gargantas y ese día la Fanfarria Alto Perú solo tocó silencio….. Pasaron muchos años, muchos ejemplares pero lo que todos saben y sienten es que cuando todo parece perdido y en el escuadrón circunda en la tristeza aparece nuevamente como auxilio la imagen amiga de “Chupete” en el recuerdo, empujando con su hocico la puerta trasera del Escuadrón Chacabuco, en espera mañanera que los soldados le sirvan su ración diaria de mate cocido y pan en su balde que comparte como de costumbre junto a ellos. Ese día, “chupete” me eligió para que le sirviera la ración. Todo un honor para un soldado Ingeniero, de los hermanos camaradas de la Caballería. Hoy luego de tantos años de haber tenido esta experiencia inolvidable, se llenan los ojos de nieblas traicioneras mientras como excusa quizá canturreo por lo bajo el estribillo de una canción de Hernán Figueroa Reyes que me enseñó mi padre llamada “El corralero” “Dejenlo nomás pastar, no rechaces mi consejo, que yo lo voy a enterrar cuando se muera de viejo”. Seguramente Dios en toda su sabiduría le ha destinado un lugar permitiendo a veces que ellos recorran libremente los potreros del alma.
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