En el día del amigo, aprendamos del perro

Por Luis Simonetti.

Hoy muchos se reunirán para festejar. Otros, simplemente compartirán un momento, un mensaje o un recuerdo por aquellos que no están. Se podrían decir muchas cosas. Infinitas. Un amigo es esa otra parte de nuestra vida y que muchas veces perdemos por un solo motivo: El orgullo. Ese orgullo que a veces nos ciega y no nos permite reconocer que a veces él tiene la razón en un comentario que no nos gusta y nos sentimos heridos, ofendidos por esa actitud o comentario que nos descoloca. Y por ese orgullo dejamos de hablarle, nos ofendemos, lo evitamos sin ver que, en el fondo, esa actitud es para ayudarnos a mejorar y ha sido por el amor que nos tiene. A veces lo entendemos y volvemos con una disculpa, pero a veces perdemos ese valioso tesoro para siempre. Me viene a la memoria un día cualquiera de mi juventud en que mi abuela, con esa sabiduría que dan los crepúsculos y las canas, en oportunidad de haberme ofendido con un amigo dijo una frase que aun recuerdo con una sonrisa y un dejo de tristeza por no tenerla aun a mi lado: [i]“No seas orgulloso, tenés que aprender del perro...".[/i] El nochero de entonces era de naturaleza dócil aunque manso en su tranco y de relinchos suaves. El perro inquieto, vivaz, curioso, siempre llevaba la voz cantante. Eran inseparables. Un día soleado, jugando ellos en el potrero, aburridos quizá por el terreno conocido de todos los días decidieron salir a trotar juntos. El perro lleno de orgullo por hacer de guía, llevaba la rienda alegremente. Siempre había sido así en el juego de cada día. El perro se sentía dueño de la situación y de cada momento que compartía con su amigo, quien aceptaba tranquilamente las directivas de su inquieto amigo. Esa mañana, por primera vez habían llegado al río. Al tener que vadearlo, el perro se frenó de golpe. El nochero, sonriendo, lo miró y le dijo: [i]– ¡Oh, amigo mío! ¿Por qué te detienes? Sigue trotando... ¡Tú que eres mi guía![/i] [i]– Este arroyo me parece profundo y la correntada es fuerte, temo ahogarme (Respondió el perro).[/i] [i]– (El caballo, con un gesto de complicidad y adelantándose le dijo) ¡Voy a probar! (Y avanzó por el agua). El agua no es profunda, ¡¡Apenas me llega a la panza!! (Gritó eufórico a su amigo que se había quedado temeroso en la orilla).[/i] [i]– Lo que a ti te parece poco profundo, es muy peligroso para mi (le respondió el perro). Si el agua te llega a la panza, debe cubrirme completo y la correntada llevarme lejos[/i]. [i]– (Entonces el nochero alegre y sin cierta inocencia le dijo tranquilamente) En ese caso, deja de ser orgulloso y de creerte el único guía. ¡Muéstrale tu orgullo a los demás perros, pero no conmigo![/i] [i]– Tienes razón. ¡¡Pero por favor ayúdame tú a atravesar este arroyo!![/i] Allí terminaba el cuento. Simple. Concreto. Eso es el amigo. Ese que nos quiere tal como somos, dejándonos ser o aparentar, o creernos los mejores. Pero cuando llega el momento de la verdad, del riesgo, es el que nos dirá las cosas que nos duelen haciéndolas parecer fáciles. No nos sirve de nada tener un orgullo tonto y ofendernos por quedar al descubierto frente a el. Aprendamos del perro. En este día tan especial abracemos a ese amigo que con defectos y virtudes es el mejor tesoro. Porque es el que comparte esa otra parte de nuestra vida. La del otro “yo”. ¡¡Feliz día!!
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