Editorial | Oncemil

Por Belén Gorvalán.

Cada vez que muere alguien querido el dolor se multiplica por mil. En lo que va del año, en nuestra ciudad, llevamos once personas fallecidas por accidentes de tránsito. Once personas queridas, once que no están más. Oncemil veces dolor. Parece que no aprendemos, que nos resulta una imposición absurda usar casco, llevar cinturón, tener las luces encendidas. Todas estas medidas absurdas no son para molestar, son para reducir los riesgos ante accidentes. Tenemos la soberbia de no llevar casco porque “yo manejo prudente”, y si… podrás ser todo lo prudente del mundo, frenar en todas las esquinas, manejar despacio, pero lo que no podés es saber si te vas a cruzar con un imprudente. El incesante mensaje de “el casco salva vidas”, no es sólo un slogan, es una realidad. Puede que resulte molesto, puede que no sea práctico, hasta puede que corte un poco la visión si se quiere... Pero salva vidas. Evidentemente somos una sociedad cabeza dura, tan cabeza dura que nos creemos que tenemos la cabeza durísima, tanto como para no romperla contra el piso. Y no es tan así, lo único que vuelve la cabeza dura es el casco. Muchos dirán que la imprudencia es parte de la rebeldía adolescente, pero no. La imprudencia no distingue de edades, situaciones sociales, económicas o religiosas. Entonces, así como hay adolescentes imprudentes al volante, también hay mayores imprudentes al volante, hay adolescentes imprudentes sin casco y hay mayores imprudentes sin casco. Hay basuras que son tan imprudentes e inhumanos, que son capaces de huir después de lastimar. Hay tantas situaciones distintas que la lista es infinita, pero todos tienen en común la imprudencia. Estamos casi aburridos de la campaña de la asociación civil "Luchemos por la vida", casi tan aburridos que no lo aprendimos. Y no es para divertirnos, es para que tomemos conciencia de una vez por todas. Como si fueran pocas imprudencias las de no llevar casco, no tener luces, no usar el cinturón, no respetar las velocidades ni los semáforos, se nos suma la distracción de Whastapp. En moto, en bici y en auto, este delirio de la inmediatez de la comunicación nos lleva peligrosamente a la idiotez y no aprendemos. Al contrario, nos volvemos más involucionados día tras día.  Hoy lloramos otra vez por mil, la vez once de lo que va del año… y no aprendemos. No nos damos cuenta que es mejor prevenir, en lo que sea, aunque sean dos cuadras, aunque moleste, aunque manejes despacio, aunque dios este de tu lado… es mejor prevenir. No alcanzan las lágrimas para llorar a los once. Todos con el factor común de la imprudencia, propia o ajena, pero imprudencia. No podemos seguir lamentando víctimas de la imprudencia, no podemos seguir llorando. No alcanzan las lágrimas de las madres, de los hijos, de los hermanos, no debemos llorar a nadie más y ojalá no se sume nadie a esta dura y fría estadística de once.
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