San Nicolás del Mercado

La ciudad se sumió nuevamente en la atemporalidad del pasado.

El alemán andaba caminando por el mundo y exclamando que toda la humanidad puede resumirse en una relación, casi única, amo y esclavo. “Yo deseo que el otro se me someta y me reconozca como superior”¸ escribió Hegel a principios del siglo XIX. Hoy el amo es el mercado. ¿A qué viene esta invocación filosófica que exhuma a este pensador tan molesto para la cultura dominante?. En San Nicolás no hay un reloj público. La gente vive sin tener noción del tiempo. Los nicoleños estamos ubicados en el espacio pero no con certeza en el tiempo. Sólo el reloj de la torre del municipio nos podría ubicar… pero no funciona. Es para una segunda lectura pero no deja de ser una metáfora y al mismo tiempo, una realidad. En otras ciudades, más grandes o más pequeñas, en algunas de sus plazas o parques hay relojes con la fecha de ese día. En otras, hay un cucú que durante muchos años, y aún hoy, es un atractivo turístico. En la antigüedad los que marcaban el tiempo eran los astros y la naturaleza. Con el paso de los años, cuando la naturaleza fue reemplazada por Dios y su dogma en occidente; las campanas marcaron el horario de oración: maitines (mañana), Nonas (después de la 15:00) y Vísperas (después del ángelus entrada la tarde). En 1641, Galileo Galilei inventó un reloj de péndulo y a mediados del siglo XIX Philippe Patek inventó el reloj de muñeca. Pero a finales del siglo XIX y comienzo del XX los edificios públicos (Municipios, Justicia, Universidades, etc.) en nuestro país comenzaron a instalar relojes en las cúpulas o en sus frentes. Por ejemplo, en nuestra ciudad cuando se construyó el Palacio Municipal (1905) se edificó con torre y en ella un reloj que aún pervive pero sin dar la hora exacta. Para cuando se cumplieron los 250 años de la ciudad, en la gestión de José A. Corral (PJ) se reparó y volvió a marcarles la hora a los nicoleños. Pero las inclemencias del clima, la falta de mantenimiento y la imperiosa necesidad de los intereses privados en el ámbito público; hicieron que se volviera a descomponer y cayó nuevamente en el letargo y el abandono. La ciudad se sumió nuevamente en la atemporalidad del pasado. Si bien el hombre es esclavo del tiempo por su finitud; se puede afirmar que cuando no hay determinado un tiempo (por costumbres o leyes) termina siendo esclavo del amo que hoy es el mercado. Un amo que, cuando desaparece el cronómetro, determina a qué hora se produce o a la hora que se cierran los lugares de esparcimiento o, bien cuánto tiempo tenemos para comer o cuándo se descansa. El amo manda y el esclavo obedece. Algunos que viven en “el espacio” donde reina el amo, los que tienen la necesidad de sentirse superiores, son los dueños de las puertas y los que operan las cajas registradoras; son los dueños. Son los encargados de hacer cumplir las órdenes. Pero para el amo, los dueños también son esclavos. Nadie va a arreglar el reloj del municipio porque el tiempo ya no es amo de los hombres.
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