A mi madre que ya no está... y a tantas madres

Por Luis Simonetti.

Pronto a festejar un día más de la madre, si uno se mete hombre adentro, descubre la riqueza que ha dejado en cada uno la imagen de la Madre. Mientras unos mates en soledad van acompañando esos pensamientos que salen cuando nos tomamos un tiempo para la reflexión, la mirada se detiene en la hamaca vacía. Como si quisiera encontrarla a ella. Mi madre era de rostro anguloso bajo unos cabellos precozmente encanecidos. A los ochenta y cuatro años era de tez blanca y un cabello entrecano, que en sus tiempos habían sido negros. Quizá como al final de la vida misma donde nos encontramos con los claro-oscuros propios de cada uno. Aún me parece verla tejer en ésta habitación llena de claridad. La luz penetra por la puerta, abierta de par en par, y me parece ver sus rasgos vascos. Ella era hermosa. Sus ojos además de tener la gallardía de reina sin reinado, eran dulces, oscuros, profundos, como si un centelleo de águila estuviera velado de un gris oscuro, con un trazo de tristeza, como de quien pensara nostálgicamente en cosas perdidas. Delgada, chiquita pero con la fortaleza del mimbre. Mis ojos recorren la estancia y traspasan la puerta abierta al parque. Más allá, la tranquera hoy cerrada. Y vuelvo a su imagen, .cuando ella estaba. Cuando ella estaba había crepúsculos en que la tranquera permanecía abierta. Me costaba entender al principio, pero con los años fui comprendiendo el motivo. A mis hermanos y a mi nos crió como águilas. Aprendimos a defendernos de toda vicisitud. Ella siempre corregía. Manteniendo una cierta distancia, dejaba que sus pichones se golpearan, pero siempre estaba cerca para corregir, para curar heridas, para perdonar errores. Ella siempre atendía las necesidades. Nos hicimos grandes y volamos. Ella quedó en esa soledad que solo sabe de madre. Porque ser madre también es eso. Criar águilas, enseñarles a volar y luego vivir con tristezas y soledades a cuestas. Con los años regresé y la vi tan sola que la traje conmigo. Descubrí qué fantástico es cerrar heridas. Vaya si hoy estoy en paz… Pero entendí tarde ese gesto muy suyo en que cada tarde abría la tranquera y la dejaba así, como entornada. Comprendí tarde que cuando moría el sol, ella esperaba en silencios nostálgicos tal vez por allí el regreso de los pichones, ya águilas, que llegaran a darle un abrazo. Ella siempre esperó, hasta el último día. Esperó, como muchas madres hoy esperan que sus pichones vengan a darles un abrazo, mas no sea, en éstas épocas. Y así partió una mañana. Dios la llamó mientras dormía. Y hoy, con algo de tristeza por esa falta silenciosa a veces pero que todo lo llena, solo me queda por decir... ¡¡FELÍZ DÍA VIEJA, DONDE QUIERA QUE ESTÉS!! Acerquemos distancias con nuestras madres. Nada vale un silencio, una distancia, un enojo. Como nosotros, ellas también se han equivocado, se equivocan y se equivocarán. Pero una equivocación solo impulsada por el amor, por el celo o vaya a saber por que temor para que a nosotros no nos suceda nada malo. ¿Que madre no da todo lo mejor por un hijo? Voy caminado hacia la tranquera lentamente con mi amargo en la mano y repito ese gesto tan de ella. Quiero que hoy permanezca abierta, tal vez... como esperando que vuelva.
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